US Open 2018: ¿Para genios o contra ellos? | Opinión

Lo visto en el US Open 2018, disputado en Shinnecock Hills, fue desconcertante. Excelentes golpes que no generaban el efecto esperado, jugadores desubicados en cuanto a distancias, toques con el putt o lugares en los que picar la bola, quejas de todo tipo a través de las redes sociales y acciones que no es común ver en algunos experimentados, como le sucedió a Phil Mickelson durante el sábado en el hoyo 13.

Por eso, más allá de que el evento ya quedó atrás y de que algunos, como el campeón Brooks Koepka, supieron hacerle frente a estas adversidades y condiciones bastante complicadas, el debate respecto a la preparación de la cancha y a las exigencias presentadas en la misma, quedaron expuestas y seguirán en la mesa por un largo tiempo. Así que de nuestra parte haremos un breve análisis de lo que se pudo ver.

El campo

Las condiciones de las canchas del US Open ya son conocidas por todos los jugadores: grandes distancias, greens protegidos, rough bastante alto, complejidades que, en su mayoría, los golfistas que disputan este major están en condiciones de superar.

Sin embargo, en esta ocasión, el intento por generar ese exceso de dificultad para los jugadores les jugó una mala pasada a los organizadores y eso, sumado a las condiciones atmosféricas, produjeron una cancha casi injugable y en la que un buen golpe, que en condiciones normales quedaría muy cerca de la bandera, se convertía en un golpe pasado que quedaba en una zona complicada, en un bunker o en cualquier otro lugar diferente al objetivo que se tenía.

Las modificaciones en medio del torneo

Una de las principales quejas por parte de los golfistas, que levantaron su mano para protestar por lo ocurrido, fue la variación de las condiciones, especialmente de los greens. Pues si bien son ellos los que se deben adaptar a la cancha, las condiciones no pueden variar tanto entre las jornadas matinales y de la tarde o sabáticas y dominicales, algo que fue uno de los temas de mayor análisis.

Quienes superaron el corte y llegaron al fin de semana tras una buena actuación en los dos primeros días de competencia se encontraron en la jornada del sábado con banderas bastante complicadas, las cuales, teniendo en cuenta las condiciones de los greens que al inicio de la jornada estaban mojados, permitían acercarse al hoyo. Sin embargo, con el paso de las horas, cuando los greens fueron poniéndose más duros, las banderas se hicieron prácticamente imposibles aunque se pegara un gran tiro y distancias entre los 3 y los 5 pies complicaban más de la cuenta a cualquier jugador.

La solución, ante esto, fue que el domingo los greens estuvieron mucho más lentos, se consiguieron resultados bajo par y aunque ya había un gran número de jugadores perjudicados, Koepka con un score bajo par y Fleetwood, quien firmó una de las mejores rondas de la historia de la competencia (63 golpes), pelearon por el título hasta el último momento.

El debate entre la dificultad y lo accesible del campo

Está claro que los jugadores que más se quejaron y quienes más hicieron énfasis en que en esas condiciones no se podía jugar, fueron los que más resultaron perjudicados. Este es el caso de algunos como Zach Johnson, Ian Poulter, Henrik Stenson o el mismo Dustin Johnson, pero contrario a ellos, hubo algunos que también disfrutaron el campo pese al mal resultado obtenido, tal como sucedió con Rickie Fowler, o el último ganador del Masters de Augusta, Patrick Reed.

Entonces, ¿quién tiene la razón en este caso? De nuestro lado y según lo visto, creemos que a la USGA le faltó un poco más de precaución en la preparación del campo, pues aunque ya se sabe cuáles son las condiciones en las que se disputa este Major, la posición de las banderas y la rapidez de los greens, a lo cual se suma su pequeño tamaño, son factores que sumados no permiten que el juego tenga la consistencia esperada, que muchos de los participantes no obtengan el “merecido premio” ante los buenos tiros y que actitudes de desesperación como la de Phil Mickelson se hagan más evidentes.

Sin embargo, también consideramos que está bien sacar a los jugadores de esa “zona de confort” en la que se han instalado, perdiendo gran parte del juego de estrategia y enfocándose en que pueden pegar cuan largo deseen sin errar demasiado, pues la amplitud de los fairways lo permite, algo que no debería ser la costumbre.

Y con todo lo anterior, ¿cuál es la conclusión? Pues a nuestro parecer, sin jamás haber pisado el campo de Shinnecock Hills, consideramos que la USGA se excedió en esa labor de complicar una cancha para hacer mejor el espectáculo y por eso debe tener en cuenta que para beneficiar al deporte también hay que permitir que los grandes tiros sean premiados y que un hoyo bien jugado puede concluir en birdie, águila, etc.

Pero también podemos decir que les damos la razón, sin quitársela a algunos jugadores, a quienes afirman que este campo puso a prueba a lo mejor del golf. Pues poner a los más grandes golfistas que existen actualmente en un campo al que no están acostumbrados y deben ser más certeros, precisos con los cálculos y estratégicos con los golpes, no está nada mal, ya que la costumbre y la monotonía de los grandes resultados bajo par también baja las competencias y aunque entiendo que para esto también se necesita ser un genio, como los son quienes allí están, quedarse con la evolución tecnológica y el golpe largo no es lo único que puede permitirse en un golfista para ser el número uno.

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